Pulcritud asfixiante. Sobre los llamados mundos perfectos

¿Qué le pasó a ese señor para andar cojo? ¿qué habría en ese local que ahora está cerrado? A todos los que alguna vez hayan tildado de idealistas les habrá pasado. Los encuentros que tenemos con los demás por la calle no suelen ser simples contactos visuales, a veces son el inicio de otras historias, esta vez propias, que suelen empezar motivadas por la curiosidad y que terminamos desarrollando gracias a nuestra imaginación.

Una sensación parecida a este tipo de encuentros con desconocidos me sacudió viendo una de las escenas finales de la opera prima de Jaime Rosales, titulada Las horas del día (2003). En la escena en cuestión, el protagonista, como haría anteriormente en el filme, asesina sin piedad al primer ciudadano que pilla. Al terminar esta acción, y debido al encuadre del plano general que compone Rosales, nos situamos frente a las tres puertas que, unidos a los dos urinarios de pie y la pila, forman el cuarto de baño público. 

Las horas del día (2003)

Dicho encuadre, visto de otra manera y variando mensaje en función de cómo cada historia fuera contada —por nuestros amigos en el bar, por los medios o por el cine u otra de las artes en general—, también podría representar tres formas de ver la misma historia. Bien mirado, ese mismo asesinato podría ser contado con los matices siguientes: el suceso totalmente conocido, al detalle, a la izquierda; el suceso parcialmente difundido, con acceso para quien esté interesado en indagar el rastro, a la derecha y; un tercero por completo desconocido, en el centro. Y así dependiendo de la relevancia social de la persona.

En la izquierda podríamos pensar en el fallecimiento de un personaje público o un alto cargo del Estado. Son, como enseñan en las escuelas de Periodismo, sucesos de interés público, necesarios de entender por la proyección social de los involucrados. En la derecha, el fallecido podría, perfectamente, ser una personalidad de la cultura que careciera de contactos en la política. Aquel rastro sería, entonces, analizado por los interesados en su obra o sus fans. El tercer caso, como nos muestra la película, podría ser el más cercano a nuestras vidas: el fallecimiento de una persona corriente, común, en un evento más o menos trágico. 

Contrario a lo que pueda parecer, este texto no trata de banalizar la muerte de los ciudadanos y ciudadanas de a pie, sino más bien al contrario. El asesinato de civiles a cargo de otros ciudadanos es algo que moviliza a amplios sectores de la población, generalmente mayores, pues se pueden sentir más indefensos ante un vecino violento. Tiene sentido. Ahora bien, antes de acabar, cabe mencionar un pequeño detalle de la composición del plano. 

Como vemos, el blanco es uno de los colores dominantes de la escena. También lo son, gracias a las puertas y paredes que separan un cuarto de baño de otro, las líneas rectas verticales, que vemos potenciadas por las rayas negras existentes en las juntas entre azulejos. Dos elementos de la imagen, el color de los objetos y la composición vertical de la escena —que ayudan a transmitir tensión en nuestros ojos—, que, por la gravedad de lo sugerido, confieren un inevitable tono irónico o crítico a este cierre de la peli.

Las tres puertas, los tres caminos, son igual de posibles, pues están encuadradas de forma proporcional. Y son blancas, puras, propias de un espacio pacífico como Occidente, como Europa. El discurso oficial del mundo desarrollado es que en Europa nada malo sucede, que el sistema, gracias a la colaboración de los ciudadanos —más desarrollados gracias a su cultura superior, más tolerante—, funciona. Matar a un indefenso anciano en una estación de metro es lo contrario que se espera encontrarse un europeo —de cualquier signo político o religioso— al levantarse por la mañana. Pero Rosales no trata de engañarnos: la estación estaba vacía, a diferencia de cómo la experimentamos los que usamos el transporte público con regularidad.

Esa parte de la humanidad —nuestra faceta violenta e impulsiva—, que sabemos extendida globalmente, no se puede ocultar por siempre, termina detonando. Como la pasividad de un hombre tan anulado como es Abel. 

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