El viento nos llevará

Vistas ahora, las películas de Kiarostami son para nosotros como un viaje en tren tradicional, una experiencia al mismo tiempo caduca —superada por las limitaciones temporales que ese medio tiene frente a la rapidez de los trenes de alta velocidad y pequeños vuelos intercontinentales—, conservadora y romántica, en tanto propia del pasado, al tiempo que vanguardista, pues logra recuperar, cual arqueólogo, una faceta positiva que dichas travesías tienen, por pesadas que pueden resultar para el viajero experimentado de nuestro tiempo.  

La faceta positiva de El viento nos llevará, fuera de la narración romántica en el entorno rural, es la dimensión táctil del recuerdo del viaje, que solo es posible con la reconstrucción —aunque sea ficticia o artificial— de la atmósfera que es propia de ese mundo que nos muestra la cámara, que ya ha dejado de describir el entorno hasta perfilarlo, y que lo consigue en gran medida a través de la información que recibimos con el sonido, perfectamente sincronizado junto al resto de elementos fílmicos. 

Fiel a su estilo reposado y radicalmente transparente, detrás de la imagen de El viento nos llevará (1999), al igual que sucede en Close-up (1990) o en la reciente aclamada Roma (2018) de Cuarón, no hay —en cuanto a trama— nada. No hay giros de guión inesperado ni una evolución radical en los personajes condicionados por acontecimientos de la historia, y ese arco dramático que experimentan los protagonistas, rara vez imitados por el resto de personajes, es interno, subjetivo, solo visible para nosotros —con la ayuda de la omnipresencia del narrador—.

Y es que es algo compartido por estas tres obras, como sucede en otras con aspiración poética, que la imagen llene toda la historia, más estética y emocional, haciendo que las múltiples lecturas que éstas puedan tener tengan más resonancia entre los espectadores —quienes construirán sentido a las imágenes en relación con su propio pasado y experiencias vitales— que dentro de la película. 

Esto, podríamos argumentar, sucede por una cuestión clave, que es la individualización de la historia narrada, que tiene al protagonista como núcleo —es el conector de todas las escenas— y palanca —su evolución dramática marcará el avance de la película, y, como sucede en Roma, al mismo tiempo cambiará el significado que tenga el entorno mostrado—.

Concretamente en El viento nos llevará, lo que apasiona del estilo de Kiarostami –y que parece recuperado por Cuarón– es la dimensión sonora de la película, lo bien que imagen y sonido están entrelazados dentro de la banda sonora, que hace que, a cada secuencia o a cada escena que veamos a través del protagonista, el ingeniero, a cada una de estas pequeñas realidades que nos mostrará la cámara, ya vayamos experimentados, avisados de antemano a lo que va a suceder, aunque sea puntualmente, por las conversaciones que anteceden a la cámara. 

Esto hace la experiencia infinitamente más personal y cercana, mucho más novelesca y más fácil de imaginar en nuestros corazones de lo que sería en el funcionamiento tradicional de una película con varios personajes, pues nuestro interés como espectadores no radica en descubrir qué es lo siguiente que va a mostrarnos la cámara, sino que lo que nos atrapa es la potente capacidad atmosférica de los escenarios del relato, la necesidad de contar una historia tan sencilla e inconexa como la que comentamos. 

Porque recordemos: no se nos explica en ningún momento qué vienen a hacer los tres expertos a la aldea, y lo que por los acontecimientos parece más plausible —matar a la centenaria señora—, no queda del todo claro. No hay acercamiento, solo observación. Vemos como ver. Una y otra vez, y siempre desde la distancia. Y eso nos parece suficiente, pues las pequeñas gotas de conocimiento que la película va desperdigando, los pequeños atisbos de conflicto moral entre los personajes —la conversación entre el obrero y el protagonista mientras cavaba, o la conversación de protagonista con el doctor—, aportan el contraste necesario ante semejante acto estético, que no es más que una pequeña dedicatoria al campo iraní. 

El viento nos llevará (1999), Abbas Kiarostami

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