Tirad sobre el pianista, un poema con sabor a humillación y frambuesa

Tirad sobre el pianista (1960) es una película imperfecta en la que a veces se ven sus costuras, con algunos dejes que suponen momentos de excesiva carga literaria dentro de la narración pero en la que, sin embargo, el resultado general resulta todavía emocionante.

Con un empleo intuitivo y sutil de la cámara que demuestra el profundo conocimiento del medio que tenía el realizador —algo esperable de un estudioso y académico de su talla—, y gracias a un acelerado montaje, Truffaut logró construir un relato que no descansa y en el que un evento se sucede al siguiente de forma causal, sin mayor complicación o justificación que la narrativa, y con una precisión que en sus mejores momentos oculta el tejido del celuloide.

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Esto, que algunos les puede resultar previsible, poco original o aburrido por ser excesivamente esquemático, correcto, me resulta un ejercicio de manual sobre como dar vida a una historia. Un ejemplo de está acción se nos presenta ya, de formas diversas cada una, en las dos secuencias que tienen lugar desde que Chico —el hermano mayor de Edouard—, siendo perseguido por sus antiguos colegas de profesión, entra en el bar donde trabaja Edouard/Charlie. La primera ejemplificación, la del encuentro y posterior huida —incluyendo la improvista cobertura del compañero vocalista—,  funciona de perfecta introducción a la vida profesional del protagonista a la vez que enlaza con su descubrimiento de Elena, donde tiene lugar la segunda secuencia. Planos medios cortos y planos americanos, ambos ligeramente picados, que dan paso a primeros planos y planos de detalle sin apenas angulación. De esta forma pasa de un enfoque profesional que muestra el espacio de trabajo del pianista a un enfoque personal, aunque no por ello dejando de vista la amenaza de ser perseguidos.

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En suma, Tirad sobre el pianista es un brillante homenaje al cine negro hollywoodiense al puro estilo Truffaut. Una película de persecución que pese a los asesinatos produce un buen sabor de boca generalizado a raíz de pequeños detalles llenos de ingenio y gracia como los que nos otorgan los principales personajes masculinos. Momentos, todos ellos, de una simplicidad y una naturalidad apabullantes —la cuenta atrás con los dedos que hace Eduard cuando su mano es rechazada por Elena, la vacilada de Chico al dueño del bar sobre la privacidad que debía tener su hermano, los globos de leche que lanza Dino para escapar de sus perseguidores…— que ayudan a aligerar la carga dramática del film, el cual, aunque se mantiene fiel al género buscando dibujar esa perspectiva fatalista, termina, como consecuencia, totalmente impregnada por la personalidad del realizador, logrando un producto exitoso al desarrollar la simbiosis perfecta entre dos estilos que en nada se asemejan —el cine noir y Truffaut—, y permitiendo así la reasignación o actualización del género como posteriormente hicieron los hermanos Coen.

 

 

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