Sobre la existencia

Primero de todo cabe decir que Kiarostami es un maestro. Maestro, y esto se dice siempre de forma parcial, interesada, subjetiva, no porque su mensaje sea complicadísimo de entender, no porque la suya sea una obra que revolucione la doctrina. Tampoco porque a su nombre hayan numerosas obras de marcado reconocimiento o prestigio. No. Maestro porque su discurso tiene una firma —unos rasgos estilísticos esenciales que le distinguen del resto de directores— que es necesaria para el panorama cinematográfico, especialmente para uno tan pervertido como es el post-moderno. Es esto que sobresale frente a muchos. No dice, simplemente hace. No trastea con los recursos e innovaciones de la época, no busca un cine efectista que asombre al espectador. No. Construye un cine que se asemeje a la vida, que permita pensar sobre ella. Por eso es silencioso, por eso para algunos se torna repetitivo, pues no hay escapatoria a lo que se nos presenta en pantalla. Al igual que sucede en nuestras vidas, lo que va a hacer es dejar que los acontecimientos se sucedan uno tras otro, orgánicamente, cada uno a su ritmo. 

Este ritmo, logro destacable a día de hoy, irá sutilmente acompañado de un texto que casi podríamos decir resulta intertextual. Dicha intertextualidad —no creo que se lo denomine así en los círculos especializados pero llamémoslo de tal forma— sucede a nivel interno en la obra y surge gracias a la conjunción de varios mensajes para formar la unidad significante y completa que llamamos película. Hay quien emplea la música como recurso para potenciar la emotividad de una escena, como hizo Sorrentino en La Gran Belleza (2013). En El sabor de las cerezas (1997), Kiarostami prescinde de la música y deja el sonido ambiente como banda sonora, permitiendo así que el espectador más avispado pueda sentarse dentro del Range Rover a escuchar las conversaciones que mantiene el protagonista mientras se empapa de la belleza de las montañas de la capital iraní. Una belleza natural surgida en uno de los rincones que nunca nos fijaríamos: las colinas de las afueras de la ciudad, lugar que se encuentra a medio camino entre la antigüedad —el campo como lugar de trabajo agrícola— y la modernidad —las nuevas construcciones—.

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Esto es trabajo de cámara, enunciación, dirección, parte esencial de la firma. Lo otro —el hilo argumental de la película— es la segunda parte, y requiere de un gran valor para ser llevado a cabo. Así, el discurso se nos presenta de la forma siguiente:

Mientras la narración se centra en un tema duro —el suicidio— que suele ser tratado por gran parte de las sociedades entre la condescendencia más abyecta y el secretismo más puritano, los escenarios en los que se desarrolla la acción producen una respuesta emocional distinta, realmente opuesta a la tristeza o la desesperación que nos produce exponernos a situaciones similares. Esto es, sin más rodeos, el tremendo contraste que encontramos al escuchar al protagonista justificando terminar con su vida al mismo tiempo que conduce por un desolado —pero dulce— paisaje como son las montañas de Teherán durante la puesta del sol. Momentos, todos ellos, que, gracias a la potencia emocional que tienen los colores terrosos, rojizos, amarillentos o dorados que nos otorga el atardecer veraniego-otoñal, intensifican el componente irracional que supone la vida, aquello que nuestro protagonista pretende dejar de lado.

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La vida en todo su esplendor es como la naturaleza, bella y cruel, como la tierra árida de Oriente Medio bajo la edulcorada exposición del ocaso, que baña todo ante su paso. El problema es cuando no se consigue disfrutar de esa belleza. Como vemos, un doble mensaje mostrado de la forma más natural, humana y cercana que podríamos pedir. Suavidad momentánea y puro placer estético que hacen más llevadero un tema tan triste. Elementos todos seleccionados por el autor, pues, como podemos comprobar, gran parte de los planos mostrados en las montañas son durante la puesta de sol. Regalo de incalculable valor para corazones como los nuestros, que son expuestos constantemente a una cotidianeidad rutinaria, fría e implacable que aplasta todo lo bueno que tenemos como especie.

 

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