La posesión, un ejemplo de que se puede errar estrepitosamente y seguir triunfando

Hay veces que me sorprende la disparidad de criterios, gustos y lecturas entre los cinéfilos. Dónde algunos ven obras maestras yo veo mierda pseudointelectual —y seguramente ocurra a la inversa—y, la verdad, es una sensación realmente complicada puesto que no es fácil de comunicar, siempre se hiere la sensibilidad de algún fan durante el proceso. Pero bueno, ya está vista esa postura —el infantil fanatismo del público— y, por suerte, parece bastante superada.

Esto es lo que me viene a la cabeza cuando pienso en La posesión (1981), de Zulawski. Especialmente cuando frames de dicha obra se ven con regularidad en los chats de cinéfilos. Y es que es una de esas películas que me hacen odiar, no solo las etiquetas dentro de cualquier disciplina artística —“película de culto”, por ejemplo—, sino también el renombre o reconocimiento que puede alcanzar una obra. Lo vuelvo a pensar y la opinión no varía. “Pretenciosa de cojones” la definiría bastante bien, pienso. Y de aquella postura deriva una inevitable sensación de decepción. No sé si soy el único al que le ha pasado con este film, pero sé con certeza que hay muchos que esperan verdadera experimentación del arte, por lo menos del que ha tenido trascendencia o repercusión.

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Porque la realidad es que gran parte de las imágenes que preceden al cierre son totalmente inconexas, injustificadas y vacuas. Son puro relleno —y por lo tanto innecesarias—. Parecen hechas, ya desde la primera media hora, como experimentos precarios de como cerrar el “relato”, lo que, en el mejor de los casos, dotaría al film, una vez realizado la reducción del metraje, en la posibilidad de ser un corto de éxito. Y aún así con seguridad no sería uno bueno. Pues, si algo resulta innegable es que quien está al mando ha olvidado una noción básica de todo relato: la continuidad o ritmo. Además, no contento con esto, y ya solo por las decisiones tomadas en el film —la caracterización de los personajes o los escenarios que se les hace recorrer— la experiencia resulta molesta, pesada, y queda claro que la intención es el impacto del espectador, que este termine el visionado agradecido por la experiencia, extasiado. Eso es lo triste, que por cómo están montadas las escenas, fuera de una —intuida— pasión por las bestias y animales fantásticos descritos por H.P. Lovecraft, todo parece querer deslumbrar al público. Deslumbrar, que no asustar —uno de los rasgos que caracterizan al género—. Todo de forma gratuita, sin aportar nada.

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Por eso, cuando en la primera mitad Zulawski descompone la atmósfera del thriller psicológico, la repetición del dilema marido-insípido-barra-cornudo-y-ama-de-casa-infiel se torna insoportable, repetitiva y previsible, y la vuelta a “las escenas matrimoniales” no parecen más que excusas para lucir a un personaje masculino pobre y nada original con el que posiblemente el autor se vería identificado. Esto último, la justificación de las decisiones personales del macho alfa dolido —convertido en marido maltratador—, se nos presenta tal como es: lamentable. También lo es un amante abiertamente retrasado, una madre de éste sin más caracterización que la de ser una anciana —lo mismo con el crío pero en joven— o una amante —la profesora del hijo— que es convertida en madre al cruzar el umbral del hogar en disputa.

En otro plano quedan los momentos estrellas de la protagonista, quien dificultosamente logra hacer entretenida una obra que sólo por el sinse argumental ya está condenada. Una verdadera pena porque, como señalan otros, su interpretación es digna de aprecio.

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PD: para los curiosos, en ese espacio queda su estallido de locura en la estación de tren.

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