Polanski y demás casos aislados, sobre hipócritas y defensores de maltratadores

El feminismo es un movimiento empleado por muchos como herramienta personal. En nuestra cultura, por desgracia, existen las modas, esos fenómenos que dominan los debates y logran acaparar todas las miradas durante breves periodos de tiempo, para luego ser condenados al olvido más lacerante, al ostracismo. Para algunos, especialmente en la esfera cultural, el apoyo explícito a este movimiento, aunque sea solo superficialmente (ponerse un lazo morado, autodenominarse feminista, etc) es una buena forma de lograr repercusión mediática. Esto se puede ver en los famosos aliados feministas, quienes abundan en las redes sociales, la nueva esfera pública. Lo curioso de estas situaciones, como podemos ver en las recientes denuncias a las principales figuras de la cultura popular (Kevin Spacey, James Franco o Johnny Deep son solo algunos de los ejemplos más significativos), pero también de la contracultura (@masademócrata en España), es que los actos, y no los discursos, son los que realmente pesan. “Deeds, not words”(en castellano “actos, no palabras”), como decía la sufragista Emmeline Pankhurst. 

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Pankhurst siendo arrestada por la policía afuera del Palacio de Buckingham. Londres, Reino Unido. 1914

Con todo, el problema no radica únicamente en ellos. El acceso a la fama o la formación de un perfil público entre usuarios es la consecuencia directa de una sociedad basada en la imagen antes que el contenido, en la cita antes que el argumento solido y justificado. En las redes, al igual que en las instituciones, lo que se debate es el discurso oficial. La verdad reconocida. Y para serlo tan solo falta que medios y usuarios lo acepten como tal, que le den cobertura. Por eso, cuando leemos a periodistas, activistas y expertas señalando la manifestación del 8 de Marzo como un momento culminante, que por sus dimensiones ha repercutido inevitablemente en la sociedad (se calcula que más de 1.000.000 de personas se manifestaron el #8M en España, según las cifras oficiales), tales afirmaciones cobran sentido. El feminismo les está pisando los talones a los agresores, los datos lo demuestran. Los ciudadanos están cambiando, y por fin se juzga el comportamiento personal de los tuitstars, influencers o famosos antes de defenderlos públicamente. Hay quien puede decirnos que desconfiar de los hombres no es muy esperanzador y fomenta la enemistad entre los géneros, no obstante, comportarnos al contrario (pensar lo mejor de los creadores) es lo que nos ha llevado hasta aquí. La bondad de las mujeres ha sido el pasto de los maltratadores.

“En las redes, al igual que en las instituciones, lo que se debate es el discurso oficial. La verdad reconocida. Y para serlo tan solo falta que medios y usuarios lo acepten como tal, que le den cobertura.”

El problema se nos presenta entonces claro:  las instituciones viven en su propia realidad (la mediática, la oficial), totalmente alejada de la que tiene el resto de la población. Hollywood también es una institución, y como tal vive limitado por dichas dinámicas. Así, se comprende el funcionamiento que está teniendo en los últimos meses, abrazando movimientos como el Me too o el Time’s up, que son apoyados por celebrities, y que, si los analizamos en profundidad, atacan frontalmente los pilares sobre los que se asienta la industria cinematográfica. En estas circunstancias, antes de alabar la conducta de una institución porque reconoce o “apoya” públicamente un movimiento social, sería recomendable echar un vistazo a sus comportamientos pasados, a su actitud. Para llevar a cabo esta tarea, la hemeroteca resulta una herramienta de radical utilidad, ya que nos permite ver la evolución que Hollywood ha tenido frente a dichas prácticas.

Pensando en el comportamiento pasado de la Academia, dos nombres suenan rápidamente para poner a prueba a la aclamada institución: Bill Cosby y Roman Polanski. Ambos creadores, a diferencia de otros casos significativos como el de Woody Allen, han vuelto a copar portadas por sus comportamientos personales. Como informaban las principales cabeceras, la Academia les expulso por “no cumplir las normas de conducta de la organización”. Una rigurosidad institucional nunca antes mostrada, siempre olvidada en aras de la creación cultural.

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Bill Cosby (izquierda) y Roman Polanski (derecha)

Porque recordemos, y esto solo es posible gracias a la ayuda de la hemeroteca, los comportamientos de los personajes de mayor peso eran harto conocidos para la Academia. Cuando Polanski recibió el Óscar por El Pianista en 2001 habían pasado más de veinte años desde que este se declarará culpable de violación (el caso de Samantha Geimer) en 1977. Justo aquel fue el motivo de que no pudiera acudir a la recogida de su galardón en Los Angeles, pues desde entonces está en búsqueda y captura en Estados Unidos. También eran conocidas las conductas del productor Harvey Weinstein o de Bill Cosby (este último denunciado por más de 60 mujeres entre los años 1960 y 2000, y solo condenado por la acusación de Andrea Costand, debido a la prescripción de los delitos anteriores), y, sin embargo, Hollywood no hizo nada hasta ahora, décadas después de saberse. De ahí que ahora se entienda el descontento de algunos. Insultante cuanto menos.

El peso de las movilizaciones

Todas estas informaciones, como señalaron las miles de personas que se manifestaron en España el Día de la Mujer Trabajadora, no hacen más que reforzar una idea: que las instituciones, por alejadas que parezcan de la población, siempre deben rendir cuentas. Y para ello debe haber presión social. No obstante, esto no se puede aplicar aleatoriamente, siempre se debe hacer en el lugar correspondiente. Por eso, cuando se habla de denunciar a artistas que han cometido violaciones (como se juzga a todos los que cometen estos delitos, pero especialmente con los creadores), no se quiere enjuiciar la obra que han producido, sino la persona que las ha producido. Su vida personal, no su trabajo. Esta aclaración es vital puesto que, si por el contrario condenamos su trabajo bajo la óptica personal, lo que hacemos es empobrecer el medio, su disciplina artística, y mucho arte podemos perder si revisamos la lista de premiados con conductas delictivas. Con esto, no se trata de defender a los agresores por ser artistas, al contrario, lo que se busca es juzgarlos donde toca, en la esfera privada, para así dar solución a un problema generalizado (podría decirse incluso que sistémico) en la industria como son los abusos sexuales y no maquillar la realidad. En este sentido, lo que ha hecho Hollywood no debe ser ensalzado ni tenido en cuenta. Lo que sí se debe señalar, especialmente entre el público, es que ser un artista de renombre no te hace ser buena persona. Que autor y obra deben juzgarse en esferas completamente separadas, y que, si se denuncia a nuestro autor favorito, debemos escuchar lo que se está señalando, ya que posiblemente indique un patrón de comportamiento que sí sea creíble. Solamente procediendo en esta dirección podremos erradicar una lacra de tales dimensiones. 

 

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