El Desprecio y El Desierto Rojo, dos ejercicios sobre el desamor

Ayer vi El desprecio (1963), una película dirigida por Jean-Luc Godard y protagonizada por Brigitte Bardot, la emblemática intérprete francesa que tantos pósters llenó en el siglo pasado. Verla me produjo, sin duda —y como pretende el director—, una sensación de tristeza y decepción pero sobre todo un temor exasperante sobre las relaciones de pareja. También, me recordó a El Desierto Rojo (1964), la película protagonizada por Monica Vitti y dirigida por el cineasta italiano Michelangelo Antonioni.

Pensadas desde el aspecto del tema —el desamor de una persona dentro de la pareja y las consecuentes emociones que derivan si a esto no se le pone solución—, ambas son complementarias. Así, mientras que en la francesa el enfoque versa sobre la primera parte de un matrimonio —cuando aún no se tienen hijos y la pareja tiene mayor libertad y está más unida—, en la italiana el desamor de la cónyuge sucede más adelante en la relación, una vez asentado el matrimonio e iniciada la formación familiar. Esta similitud, aunque con sus matices sustanciales, se puede ver con sus ejemplos. Sendas mujeres viven dicho descontento.

 

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El Desprecio

La diferencia, si se pudiera señalar, radica en cómo conviven con ello: una lo comunica a su pareja y la otra no. Por eso, aunque el descontento de Camille es más explícito (y posiblemente más honesto), no por ello es más sufrido que el representado por Monica Vitti. De hecho, lo curioso de esta última reside en que la protagonista, como podremos comprobar a lo largo de la obra, tiene un personaje propio, generado para presentarse públicamente. Pura apariencia acorde a la sociedad en la que vive. Al verla reaccionar ante la niñera en su casa, aquel lugar del que es dueña por decreto pero en el que tampoco puede expresarse plenamente (siempre y cuando su marido esté fuera trabajando), nos damos cuenta de ello. “No vale la pena”, “no me comprenderán”, “no quiero que nadie lo sepa” o “a nadie le importa” parecen ser algunas de las frases que ella pueda decirse a si misma. Por eso, aunque al visitar la fábrica, dirigirse a su tienda o quedar con una amiga está alegre, el primer momento en el que se siente segura se deshace de la máscara. “Las interacciones humanas no tienen el peso suficiente y son prescindibles”, parece decir. Pero,  ¿por qué no valora las interacciones humanas? ¿qué le habrán hecho? ¿por qué vive así? ¿acaso cree que engaña a alguien? Verla funcionar de esta forma plantea muchas otras preguntas pero sobretodo entristece.

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Monica Vitti en El Desierto Rojo

 

Lo mismo sucede con Camille, aunque ésta se rebela rápidamente contra la tiranía del matrimonio. Parece comprenderlo bien, por suerte. Sin embargo, a pesar de reconocer el problema, la dureza de su caso reside en verla afrontar la situación, en replicar sus vivencias intencionadamente para tratar de encontrar una solución, a lo que su marido responde de la forma más miserable e inhumana que pudiéramos imaginar. Y he aquí la ironía de la obra: su esposo, un hombre que se dice así mismo un dramaturgo es incapaz (o es lo suficiente mezquino para pretender negar la realidad de su mujer para atraerla a su lado creyéndola imbécil) de comprender la complejidad de las emociones humanas.

Bella ironía.

 

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Camille y Paul Javal en El Desprecio

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