Reflejos de un teatro londinense

Hay varias cosas que me gustan bastante de esta película. Destacan especialmente los elementos que, con sus carencias, han mantenido a la obra atractiva más de 80 años después de su estreno.

De entre los diferentes aspectos, lo que me ha sorprendido principalmente ha sido el alto grado de abstracción del relato, las interpretaciones realizadas por el matrimonio y el guión.

A pesar de presentar planos de detalle que sitúan la acción en la ciudad de Londres y emplear algunos de los lugares comunes por la que es famosa dicha ciudad —como pueden ser los double-decker bus o Scotland Yard—, todo lo descrito podría ocurrir en cualquier urbe de la época. En la imagen, además, también es muy bueno el ingenio del empleo de la cámara. Debido a las limitaciones del formato, y teniendo en cuenta que eran los inicios de los efectos especiales, sobresalen secuencias como la conversación en el Acuario, dónde el estrés del comerciante por no haber cumplido la misión —y estar hasta el cuello de deudas— se ve reflejado en el estanque de peces, el cual nos sirve como superficie sobre la que proyectar, tanto para nosotros como para el protagonista, el futuro de los acontecimientos. Y todo, logrado con un simple cambio de gesto y conducido con una mirada fuera de campo del protagonista.

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Winnie y su hermano

Asimismo, también es remarcable la absoluta sincronización existente entre el montaje, la cámara y el intérprete, los cuales son fruto de una buena dirección que logra elevar el relato simplificando el mensaje por el camino sin por ello dejar de entretener a los espectadores, ante quienes Hitchcock nunca dejará de centrar toda su atención.

Por otro lado, sorprende la utilidad del recurso antes mencionado, que será posteriormente empleado con fines distintos en el caso de Winnie. A través de dicho mecanismo, ella ve a su hermano muerto reflejado en el resto de chavales y, a diferencia del anterior, esto no es una previsión sino una alucinación. El chaval no está, pero ella lo ve. La bomba no ha estallado todavía, pero él ya esta realizando el planteamiento, construyendo la estrategia. En ese sentido lo que sí comparten ambos recursos es la finalidad: llegar a la mente del personaje. Así es como logrará Hitchcock conectarla con la del espectador, que observa cómo para ambos dicho mecanismo muestra una construcción mental del personaje en cuestión y, por tanto, refleja su pensamiento del momento.

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Verloc y el fabricante de bombas

Ahora centrémonos en el guión. Acabar incriminando, de cara a la Policía, al que había preparado la bomba inicialmente —el cual según la evolución de los acontecimientos debería haberse marchado sin responsabilidad alguna— como el principal responsable de los hechos sucedidos era previsible. Aún así, su evidencia no evita un buen cierre, pues cumple a la perfección la concepción cinematográfica de Hitchcock.

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Karl Anton Verloc

Respecto a las interpretaciones, y especialmente Karl Anton Verloc, Hitchcock parece inspirado en Dickens para desarrollar sus personajes. Pues Verloc presenta un desarrollo emocional muy caricaturizado que, supongo, no solo sería el propio de la época sino que sería el mínimo de expresividad necesaria para poder transmitir la idea con el tiempo, para hacer el mensaje llamativo y universal de forma atemporal, sin importar la edad de los espectadores o su lugar de procedencia.

Al final, en algo se parecerán él y Tati.

 

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