Humor de clase media

Uno, dos, tres (1961) es realmente buena, y lo logra hasta el punto de no saber si de lo que a simple vista se hace mofa es una burla o una alabanza. Desde los primeros minutos del film, con la presentación de la protagonista y del escenario, es fácil darse cuenta de los posibles caminos que puede tomar la obra. Establecido en el Berlín de la Guerra Fría y con un alto cargo de la empresa de bebidas por excelencia en el mundo —Coca-Cola— como protagonista, es bastante fácil prever el marcado tono anticomunista que puede alcanzar la narración.

Pero Wilder no se queda ahí. Gracias a un elenco de actores espectacular, los hechos se van sucediendo sin la mayor dificultad logrando un ritmo acelerado que hace a la película entretenida a la par que digerible, sin dejar por ello de lado la reflexión crítica sobre la sociedad de la época.

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A pesar de ello, hay un fallo muy grande en el marco establecido por el director a nivel argumental. El eje central sobre el que gira toda la trama es la polarización de los mensajes o las posturas de los personajes masculinos protagonistas, sus diferencias ideológicas. Dentro de este marco, las ideas que se nos insertan en el relato y que caracterizan —caricaturizan, en el caso del norteamericano— a ambos son: la ingenuidad, por parte del filosoviético, y el cinismo, por parte del empresario.

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Aquí es donde radica el error. Concebir los objetivos vitales o las pulsiones internas que mueven al idealista alemán como mera ingenuidad y situar un comportamiento cínico como rasgo insalvable de lo que comporta la experiencia y la responsabilidad de los altos cargos es, sin duda alguna, una muestra del paternalismo latente que tenía Wilder. Pues éste parecía entender, según el universo presentado, un mundo dividido entre personas buenas, inexperimentadas y jóvenes —sin poder alguno— que deben enfrentarse a hombres toscos, embusteros y tremendamente individualistas que, bajo un criterio totalmente pragmático, llevan a cabo comportamientos maniqueos y falsos para cumplir con lo que la sociedad espera de ellos.

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Por eso, aunque el relato es rico en matices y detalles personales de cada personaje, peca de reducir la existencia de doctrinas políticas como el marxismo al absurdo humano, eliminando el valor de este con el fin de intensificar la sátira o, en el caso del bloque occidental, empleando el humor para soslayar las carencias o los defectos implícitos de dicho sistema.

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