Disparos fallidos

Aquel estadio —por encima de la realidad y más cercano a la ficción— en el que, como espectadores, nos identificamos con las debilidades y las virtudes de los personajes y donde, tanto el espacio como la historia quedan establecidos dentro de nuestro imaginario no ha sido, en mi caso, logrado.

A decir más, aunque con elementos que ayudarían a construir una buena obra, La piel que habito (2011) no me gusta nada. Esto ha sucedido porque no me resultaba un relato verosímil, no había ningún elemento que me enganchase a la pantalla. Ni el doctor, ni la enamorada, pasando por el secuestrador y por la asistenta del doctor, llevan a cabo acciones que resulten creíbles. Sin querer entrar en la talla de las interpretaciones, en sus cualidades y defectos, los personajes representados nunca dejan de ser papeles, no tienen la capacidad de traspasar la realidad y llegar a ese estado propia de la ficción que todos deseamos ver en el cine.

De entre todas las acciones mal ejecutadas, la que destaca y empobrece el relato ha sido la puesta en escena, la cual resulta sino deficiente, poco original. Ya desde la música hasta el escenario principal donde ocurren los hechos —la casa—, todos los elementos que nos son mostrados no consiguen crear una atmósfera propia, pues, tanto la casa como la música y la forma de presentar está podrían verse en un video de una revista de interiorismo y decoración, y los espectadores podríamos cambiar la expectación del aficionado por el asombro de quien vislumbra el hogar de una familia adinerada. Porque, siendo sinceros, el decorado es precioso pero no transmite. Que un cirujano plástico tenga un laboratorio especializado en su hogar es caro pero no sorprendente. Tampoco lo es que con una propiedad de tales características tenga cuadros exclusivos. Lo que sí sorprende es ver a una mujer que vive su vida en una habitación incomunicada y vigilada sin la menor de las molestias.

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A pesar de ello, será a través de ella como se empobrecerá el relato. Por encima de ser una mujer con problemas de piel y de querer a un hombre que le rechaza —y para la que solo es una máscara— a la vez que le retiene encerrada, su personaje es infumable: nada de lo que hace o vive es realmente digno de nuestra atención y ninguna violación o acto violento contra su persona es capaz de activar el interés por el personaje, que no la persona.

Llegados a este punto, el interés inicial que teníamos por ella pasará, en último término, a ser pura lástima por la interprete a la que le ha tocado participar en dicha obra, —la cual es decepcionante al provenir de un artista de la talla del Almodóvar que rodó Todo sobre mi madre (1999)— a la vez que nos hará cuestionarnos la utilidad del empleo de las violaciones como detonadores de los cambios de actitud del protagonista.

lap

 

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