Shirley, la soledad personificada

Shirley: Visiones de una realidad (2013) es, sin duda alguna, una obra preciosista. Dedicada a pulir hasta el más insignificante detalle mostrado en la imagen, e inspirada en la obra del mítico pintor norteamericano Edward Hopper, es un relato bello a la par que enigmático. Un claro homenaje que, en su intento de mantenerse a la altura de las circunstancias, nos presenta un relato intenso y profundamente personal. Y lo logra superando la caracterización de la personaje principal, un personaje esquemático, muy cercano al cliché y repetido hasta la saciedad. 

Aunque a momentos un tanto floja por la interpretación masculina, el excelente ejercicio llevado a cabo por la protagonista, unida a la simplicidad del relato, nos mantiene pegados a la pantalla, disfrutando en formato diferente de los cuadros que tanto nos fascinan. Porque si en algo destacaba la obra de Hopper era, principalmente, la universalidad de lo mostrado, la tremenda capacidad del pintor de conectar con el espectador, de reflejar situaciones que, si bien no confesamos, muchos de nosotros hemos vivido o vivimos en nuestras vidas privadas.

Con el conocimiento de su vida, Shirley nos ayuda a completar las emociones que sentimos al ver los cuadros, dotándonos así de un contexto para cada situación. Este contexto, aunque creado, nos puede servir para picar nuestra curiosidad, para plantearnos que rol jugaría esa habitación parisina de hotel en nuestras vidas.

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Shirley (2013)

¿Por qué me dirigiría allí? ¿qué me motivaría? Cada vez que aparece una nueva imagen en pantalla, analizamos los objetos de la escena y como se relacionan con el resto del espacio para entender que función tienen en la vida de la protagonista, que representan para ella. ¿Acaso esa habitación oscurecida es su hogar? o, por el contrario, ¿será su cárcel? ¿por qué está durmiendo sola? ¿cómo llegó a esa habitación? Todas esas preguntas surgen a raíz de ver evolucionar la vida de la protagonista, que funciona como mecanismo de arranque de nuestra conciencia, como incitador a la introspección de los espectadores, que pasamos de meros sujetos pasivos a activos, de ver la soledad humana a comprenderla.

Es posible que Shirley alcanzara la soledad como consecuencia del rechazo de su querido/a o quizás llegó a dichas habitaciones (tanto la parisina como la habitación de Cape Cod) huyendo de su pasado, eso no lo sabemos a ciencia cierta. Sin embargo, lo que si sabemos es el peso de dichas decisiones, el estado emocional y los motivos que la hacen llegar a dichas situaciones. Sabemos pues, porqué está en la sala de cine sola, también que podría pensar la trabajadora del cine que, en vez de situarse en un asiento y ver la película gratuitamente, se marcha al exterior de ella, preparada siempre para atender a los clientes que se marchan de la proyección.

Por ello Shirley es un homenaje digo de ver. Pues, a pesar de no tocar de lleno los temas que Hopper menciona, si que logra crear una atmósfera con la cual nos demuestra, al mismo tiempo, la importancia de la relación del arte con su contexto, de cómo influye uno en el otro, enseñándonos así que estos son elementos interrelacionados e interdependientes, no indisolubles.

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New York Movie, 1939 by Edward Hopper

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