Lidiando con el rechazo

¿Serías capaz de seguir adelante al perder a tus padres? Más importante, ¿podrías, en el proceso, hacerte cargo de tus seres queridos? ¿Y si tu país estuviera en guerra?

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Así, a bote pronto, yo creo que no podría, no sería capaz de estar a la altura. Pero no porque quisiera, sino porque estaría fuera de mis capacidades. Después de todo, nadie está preparado para sufrir los estragos de la guerra, ninguno de nosotros. Nos hemos criado en entornos de relativa seguridad donde la longevidad, las ideas, los objetivos, los proyectos y las metas suponen el motor de nuestras vidas y en las cuales el simple atisbo de conflicto armado nos suena lejano, como si de una alucinación se tratará. En el peor de los casos, los que sí pensamos que hay posibilidades del estallido de un conflicto nos convencemos de que no, que seguramente no tendrá lugar mientras vivamos.

Sin embargo, la guerra no funciona así. En la mayoría de los casos no es buscada realmente, sino que surge por defecto, es la última forma de resolución de los tensiones sociales. Además dicha decisión no esta al alcance de cualquiera, es propia de expertos y tecnócratas, quienes toman decisiones en nuestro favor, por nuestro bien, pero nunca consultándonos. Por eso la guerra viene siempre de sorpresa para la mayoría y se encarga de eliminar, con su nula humanidad, todo rastro de vida. Pues empezar una guerra significa, directamente, posicionarnos frontalmente unos contra otros, con el objetivo de finalmente imponer nuestros valores, cultura e intereses privados de todo tipo, por encima de los del otro.

En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, la palabra guerra adquiere nuevas interpretaciones. En el caso japonés, y aplicado posteriormente en todos los conflictos, implica también la destrucción indiscriminada de infraestructuras —ciudades— y de grupos de población —personas— que nada tienen que ver con el conflicto, y que se lleva a cabo con el objetivo de desestabilizar al otro, el enemigo. Esta es la concepción actual de la guerra, un conflicto en el que el fin prima por encima de cualquier cosa, en la que ganar justifica masacrar a gente inocente. 

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Setsuko

Esto, exportable a todos los conflictos, nos lo muestra Isao Takahata en La tumba de las luciérnagas (1988). Pero no se queda ahí. Takahata emplea el caso de Seita y Setsuko para profundizar en algo más importante y doloroso que lo que sucede entre ejércitos armados. Ellos tienen el expediente más trágico de entre los mostrados: se quedan huérfanos a causa de la guerra. Y esto sucede en todos los sentidos, tanto real como simbólico. No solo pierden a ambos padres, sino que pierden el sentido de pertenencia. Perder su casa ante las llamas no es lo peor, lo peor es que el Estado les rechaza. Sin casa ni familia directa que le proteja, y con una familia indirecta que les permite vivir bajo su techo por obligación —siguiendo las convenciones sociales—, no hay red de protección para ellos. “Mientras el conflicto dure, más os vale desaparecer y sobrevivir a vuestra manera, sin molestar”, les dice el Estado. “Y si al acabar la guerra seguís con vida daros con un canto en los dientes”, parece concluir.

Es por ello necesario, a pesar del dolor, conocer el ejemplo de Seita, ese hermano ejemplar. Una persona que no cesa de luchar por conseguir lo que necesita, que está dispuesto a dar la vida por los suyos sin pensárselo dos veces y a quién, en consecuencia, la muerte de su hermana aboca hacía el fin. Una muerte que, por su carácter y dimensión es, mejor dicho, un asesinato llevado a cabo por su tía —representante de la sociedad— e, indirectamente, por el Estado, por la irresponsabilidad y la negligencia demostrada para con los suyos, sus propios ciudadanos. Pues, que una niña que aún lleva pañales pierda la vida por desnutrición en el Japón del 45 es, sin lugar a dudas, injustificable.

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Seita

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