La decisión de una vida

Años ochenta. Euskal Herria, Euskadi, País Vasco, Reino de Navarra o como quieras llamarlo. Un pueblo de interior de provincia humilde, pequeño y autosuficiente, lleno de gente trabajadora y amable, situado a los pies de un valle frondoso, fértil y salvaje. Así es, en resumidas cuentas, la gente del pueblo de Tierra Estella. Su vida allí, campestre. Una vida entorno a un campo que Tasio, al igual que su amigo, reconoce no solo como su tierra, sino como su hogar. Un espacio en el que se siente liberado, un lugar donde puede pensar y formar una familia.

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Tras intentar estar integrado en la sociedad, a pesar del ejemplo de su hermano mayor, decide que el trabajo asalariado no es lo suyo, que esforzarse por producir un material para su jefe no es suficiente. Pues hay algo que en ese trabajo rechaza, aunque sea de forma instintiva. No le gusta depender de otro, no le parece de agrado esforzarse, materializar su esfuerzo en un producto —carbón, animales cazados— sin tener seguridad de recibir la recompensa de dichos esfuerzos. No vale la pena. Exponerse, tras dedicar horas a ello, a que el intermediario te tome el pelo no tiene gracia, es demasiado arriesgado. Porque arriesgar es una virtud de señores, una habilidad adquirida como consecuencia de la estabilidad económica, del control de la naturaleza. Pues cuando uno tiene que poner comida en el plato no se anda con regateos, quiere resultados.

Por eso Tasio no trabaja en la caza de señores ni como jornalero. Su único objetivo en la vida es ser libre y pasar desapercibido en la naturaleza, integrarse hasta tal punto que pase a formar parte de ella ante los ojos de los animales. Cazar pues, solo es para él una labor necesaria, no su objetivo. No caza como entretenimiento ni tampoco como negocio, no trata de matar a todos los jabalíes —como le aconseja el empresario que le compra las pieles—para poder vivir posteriormente una vida holgada. Por el contrario, siente la necesidad de trabajar el campo, de vivir en él. Y si para ello necesita cazar, pescar o producir carbón para aguantar el frío del invierno lo hará, porque ese es su objetivo, permanecer en el sitio que considera su hogar, convivir con la naturaleza, no dominarla.

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