Locura como vía de escape

Es viernes por la tarde. Debería estar en la calle con amigos y/o colegas. Pero no. Estoy en el comedor escribiendo estas palabras, acompañado de una taza de café y galletas,  vestido con una camiseta de manga larga, fingiendo que donde vivo no está haciendo un calor insoportable. Además, acompaño esto con The Ooz, el nuevo disco que ha sacado hoy King Krule. Para cualquiera que me vea ahora, el mío es un panorama bastante curioso, la verdad. De entre toda la (des)información y “entretenimiento” posible en las redes y plataformas digitales —me digo— me ha venido a la cabeza, de la nada, el recuerdo de una película realmente peculiar, que no solo descubrí por mera suerte, sino que fue capaz de pasar desapercibida entre mis recuerdos hasta ahora, un mes después de verla. Qué raro. 

Y es que ésta me sorprendió y desconcertó en el mismo grado —si es que es posible medir o equiparar emociones—, haciéndome pasar de un estado a otro en cuestión de segundos; o, mejor dicho, de secuencias. Porque, en ella, el teatro que es la vida —aquel en el que tanto empeño pone el cine por representar— nos es presentado sin el menor reparo. Desgracia tras desgracia, Canciones del segundo piso (2000), nos va relatando problemas que, si bien no nos hemos parado a pensar sentados en el sofá, suponen gran parte de los acontecimientos cotidianos en nuestra época. Y no sólo Roy Andersson los plasma con precisión, sino que tiene la maestría de lograr mostrar un relato aséptico, dotándonos de la posibilidad de estudiar esas situaciones, como evolucionan o como llegan a tal punto, con el objetivo de poder enfrentarnos a ellas mejor que los actores de la obra.

Porque, por mucho que nos mintamos, todos tenemos la posibilidad de ser despedidos sin previo aviso por un jefe que, cruelmente, se deshaga de nosotros como se deshace uno de un juguete roto: tirándolo a la basura. También, todos tenemos la posibilidad de, tras pasarnos años luchando por lograrlo, acabar cansándonos de las personas y/o labores de nuestro día a día y, un buen día, decidir quemar nuestro negocio o destruir la relación que hayamos establecido con ese ser querido.

songsfrom

Así es, desgraciadamente, la sociedad moderna: rutinaria, global, exigente…Una sociedad que, por un motivo o por otro, se ha ido complicando hasta tal punto que necesita, para funcionar correctamente, que a cada persona se le asigne una labor concreta que gestionar hasta el fin de sus días, o mientras mantenga la cordura. En este sentido, la locura se convierte en la única vía de escape del camino por donde todos andamos. Pues ésta significa ser conscientes de la realidad que nos envuelve y actuar para ponerle una solución; no continuar los pasos que nos vienen prefijados fingiendo, mientras tanto, que los hemos elegido.

Esto, además de suponernos la exclusión social al actuar fuera de las convenciones establecidas, supone dotarnos del poder al que habíamos renunciado, lo cual es, cuanto menos, un avance.

still_0_3_790x398

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s