Iluminando el templo

La grandeza de El Club radica en ser capaz de, una vez escogidos los principales problemas que acechan a la Iglesia a día de hoy, emplearlos en nuestra contra, logrando presentarnos diferentes puntos de vista e incluso facetas que, en nuestro momento de rabioso descubrimiento, obviamos que los implicados tengan.

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Madre Mónica

De este modo, es fácil escapar al juicio riguroso de los aspectos técnicos con el objetivo de tratar de analizar el conjunto, de comprender lo que se nos está enseñando. Punzante y feo, El Club emplea los recuerdos de los personajes como mecanismo para introducir nuevas pinceladas en un retrato en el que nos vemos envueltos a diario —en España se registran tres violaciones al día o, mejor dicho, una violación cada ocho horas— y que, generalmente, peca de superfluo, de grotesco y de sensacionalista.

A través del Padre García, el único personaje cuerdo, vemos a unos personajes que viven en bucle, que niegan la realidad y el paso del tiempo, a la vez que no reconocen sus acciones del pasado. Impunes, todos los curitas viven libres de una aparente carga social —más allá de saber que son religiosos, nadie sabe quienes son ni porqué están allí— y sin mayor responsabilidad que la de sostener el peso de su conciencia —que es nula—. Por ello, cuando, preguntados por el inspector se comportan con el mayor descaro, sus declaraciones resultan todavía más chocantes: no tienen remordimientos, todo lo que han hecho lo ven lógico, justificable, y el que no piense lo mismo que ellos sobre dichas actuaciones no es más que un hipócrita, pues así es como funciona el mundo. 

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Padre García

El Padre Ortega desprende en sus declaraciones al Padre García, además de cinismo, un alto grado de locura, una distorsión con la realidad. Pues él, al igual que el Padre Vidal, actúan bajo una lógica similar: son conscientes, en cierto modo —como el resto de hermanos— de la gravedad de sus actos, pero éstos están justificados por sus motivaciones personales, que son legítimas al ser llevadas a cabo por enviados del Señor. En el caso de Ortega, robarle un bebé a una madre soltera y adolescente fue legítimo porque seguramente era una zorra y una fulana. “Además de mala madre, seguramente sea una pecadora”, se debió decir el Padre Ortega, pues al haberse salido del código moral del Cristianismo —de los “valores cristianos”— “había que castigarla”, “pues nadie en la Tierra escapa al juicio del Señor”, impuesto —claro está— por sus intermediarios en la Tierra: los curitas

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Padre Vidal

Por esos motivos, El Club me parece una obra impecable, una feroz fotografía de la realidad que nos muestra que ocurre cuando este tipo de acciones son llevadas a cabo por miembros de la Iglesia, a la vez que nos prepara para establecer, en el mejor de los casos, una conversación sobre como debemos afrontar el papel de esta institución en la sociedad moderna. Un retrato que tiene carácter universal y que, a diferencia de obras como Spotlight, sitúa las luces dentro del edificio religioso, llegando a la mente de los maltratadores, un terreno en el que, por diferentes causas, aún no tenemos alcance.

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Los curitas y la Madre Mónica rezando junto al párroco de instrucción y al Padre García en honor al difunto sacerdote  

 

 

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