La exiliada

Persona (1966, Bergman) es para mi, al igual que El Séptimo Sello (1957, Bergman), una introspección de Bergman sobre la naturaleza del ser humano y, en consecuencia, de sí mismo. Entendiendo la construcción de las protagonistas como dos caras de una moneda, ambas son diferentes facetas de la misma persona.

Mientras que Elisabeth (Liv Ullmann) —la actriz— sería nuestro yo interior, la cara oculta de la moneda, Alma (Bibi Andersson) —la enfermera— sería la cara visible, nuestro lado social. Teniendo esto en mente, Elizabeth, es para mi la faceta creativa. Y en eso consiste la forma de proceder de la intérprete: insegura, irregular, desconfiada hasta de si misma, fría e incluso calculadora con sus actos. Como le dice la doctora: es una persona que cuando se cansó de estar juzgada dejó de hablar, y lo hizo como acto de rebelión, como negación a seguir siendo esclava del escrutinio constante que sufren los artistas, con el objetivo de ser libre.

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Aquí cabe recalcar la bella metáfora que Bergman nos presenta: cuando el artista deja de crear, o se siente incapaz de hacerlo —por el motivo que sea—, enferma. Porque el arte, por encima de todo, es una forma de expresión, y por mucho que se comercialice con ello, sigue estando muy ligado a la condición humana.

Por eso Elisabeth, a pesar de dejar de hablar hace fotos, porque necesita seguir estudiándose, inspeccionándose, analizándose… De ahí que, en su intento por conocerse, Ullman se retrate frontalmente, con el objetivo de conocerse en profundidad, y para lograr eso, dice Bergman, es necesario disponer de un espacio tranquilo, aislado, sin distracciones, un espacio en el que la sociedad sea incapaz de condicionarnos.

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Elizabeth

Por el otro lado está Alma, la faceta social. En un principio ésta existe para ayudarle a curarse, para reintegrarse en la sociedad. Sin embargo, a medida que avanza la película, deja de cumplir esa función: hay un cambio de papeles. Porque en la soledad, en los momentos en los que uno se enfrenta a sí mismo, la hipocresía y la vacuidad que caracterizan los comportamientos de algunas personas caen por su propio peso, y Alma, al no comprenderla, pasa de curar a molestar, a estorbar. Se convierte a partir de esa escena en una carga de la que la intérprete no puede librarse y, que por mucho que está se aleje siempre estará allí, desenfocada y lejos, sin comprenderla. Alma representará por lo tanto a la sociedad. Y aquí ya no nos preguntaremos hasta qué punto callará Elisabeth, sino hasta qué punto Alma hablará sin saber, cuanto tiempo podrá continuar esa farsa que ha montado por el “bien de todos”.

Persona

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