Autoritarismo latente

Todos los que hayan ido de pequeños al Conservatorio o hayan recibido clases de solfeo para algún instrumento conocen esa sensación. El aula donde te imparten la clase es un lugar al que, de pequeño, no quieres ir. Vas forzado. En ella se respira disciplina y orden, normas que, al igual que en la escuela, son impuestas desde arriba por alguien que no conoces ni conocerás, que dice hacerlo por tu bien y que parece nunca haberlas cumplido. Tus padres, dicen, te han metido ahí porque es una educación que te formará de cara al futuro, una formación que te enriquecerá. No te dicen en qué ni para qué.

La protagonista es un reflejo de esta formación, es la alumna ideal que todo profesor de música desearía tener. Es esa persona dedicada que invierte su juventud en perfeccionar su técnica hasta el punto de asemejarse o incluso superar la calidad de maestros de la disciplina.

Hasta ahí todo bien: la protagonista es una alumna modelo que se ha dedicado enteramente a la tarea y, tras adquirir una calidad admirable es maestra. Sin embargo, hay algo que no encaja: no es realmente feliz.

 

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Erika discutiendo con su madre

Durante toda su juventud ha vivido atrapada entre lo que debía y lo que quería hacer. Su madre —clara referencia al Estado y a los valores puritanos impuestos en la sociedad moderna actual, aunque con especial presión sobre las mujeres— ha sido quién ha decidido todo por ella: como vestir, como comportarse, con quién relacionarse…Incluso parece que decidió que tocase el piano. 

Sin embargo, la música es algo vital para la protagonista, que ve en ella su única vía de escape ante una realidad que la supera, una realidad caracterizada por el control maternal y —como diría Nietzsche numerosas veces en El Anticristo durante su crítica contra el cristianismo, también conocida como la critica contra la moral de los débiles—la represión sistemática de los sentidos.

A través de la música, pensará la protagonista, es como podrá alcanzar la belleza pura. Esta fijación, que roza casi la obsesión enfermiza, es lo que la hará actuar de un modo tan desconcertante: fría, calculadora y distante en público y temerosa, curiosa y apasionada en privado.

WALTER

Walter

Walter ve esa dicotomía, por eso se abalanza deseoso a comprenderla, al igual que hacemos nosotros, los espectadores. Pero lo que el chico no se esperaba es que la mente de la profesora, a quién tanto admiraba y ‘amaba’, este tan distorsionada que mientras se comporta en público como una perfecta adulta, tenga una comprensión del amor tan infantil e idealizada.

A lo largo de la relación vemos como, al carecer de una base emocional solida, Erika se desmorona ante los deseos de su amado, quién en un primer momento al ver lo caótico de la situación decide ayudarla dándole un toque de atención —cuando Walter lee la carta de Erika en su cuarto—. Lo violento del desenlace de la relación no son los actos en si —la violación cometida por Walter— sino la comprensión que hace de ellos Erika, que parece justificarlos bajo la lógica del amor, en la misma línea del amor romántico que muestran obras como Cincuenta sombras de Grey.

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Erika en la academia

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